En las líneas que siguen pretendo explicar algo sobre ellas, sobre su función, sobre las estructuras cerebrales que les dan soporte, y también sobre algunas de sus consecuencias. Con ello espero ayudar a comprender mejor algunos de nuestros comportamientos más extraños, y también, por qué no, algo de lo que somos.

 ¿Qué son las emociones?

Desde un punto de vista biológico son un conjunto de respuestas, endocrinas, autonómicas y de comportamiento, cuya función no es otra que aumentar las posibilidades de que un animal responda acertadamente ante el medio ambiente. ¿Cómo?

Mediante un sistema que permite que la percepción de algunas cosas, y en el caso de los humanos incluso la conciencia de las mismas, desencadene los mecanismos fisiológicos adecuados para enfrentarse a ellas acercándose o alejándose, puesto que en síntesis cuanto las genera provoca en mayor o menor medida atracción o repulsión o miedo. Con ello las posibilidades de reproducirse o alimentarse, o de impedir una herida o la muerte, aumentan considerablemente facilitando que nuestra estirpe genética perviva y se instale en la población, y la mayoría de los autores están de acuerdo en que los comportamientos útiles promovidos por esta capacidad, que está presente en todos los vertebrados y en muchos invertebrados, ha guiado la evolución de la corteza cerebral de los mamíferos.

 ¿Cómo es posible si siempre se ha dicho que lo que hay que hacer es controlarlas, cuando no reprimirlas? Sencillamente porque la Naturaleza opera sin prejuicios. Veamos un ejemplo: Imaginemos a un ratón caminando tranquilamente por el bosque que, de pronto, percibe las increíblemente atractivas feromonas sexuales de una hembra de su especie que está en celo. Inmediatamente los mecanismos fisiológicos que le preparan para la cópula se dispararán mientras él parte raudo en busca de la dueña de aquel encantador perfume. Imaginemos ahora que, también de pronto, detecta las feromonas de otro macho que ha marcado por allí su territorio. Inmediatamente su alegría se tornará preocupación, lo que antes era testosterona debe convivir ahora con las catecolaminas propias del miedo, y sin duda nuestro ratón se detendrá. ¿Qué hacer ahora? ¿Arriesgarse y seguir, o renunciar evitando la posibilidad de un enfrentamiento que puede ocasionar dolor cuando no la muerte? Pues bien, de la decisión que tome y de sus consecuencias dependerá su futuro, y si esa decisión es acertada y el ratón se reproduce, sea ese día o más adelante, las cualidades que han contribuido a ello se irán instalando en la población. Así de sencillo.

¿Qué estructuras cerebrales las sustentan?

Antes se asumía que las emociones, un asunto considerado menor, arcaico, animal, casi vergonzoso en una sociedad completamente mediatizada por los prejuicios religiosos y las mal llamadas funciones superiores, eran procesadas por un difuso sistema límbico, una parte del cerebro en la que se metía todo lo que no cabía en otro sitio. Pero la investigación ha ido mostrando lo erróneos que eran esos conceptos, y hoy en día se conoce la importancia de un sistema emocional que no deja de revelar secretos.

Para situar dónde radica hemos de fijarnos en cada uno de los dos lóbulos temporales del cerebro, en una zona formada por un tipo de corteza mucho más primitiva que el resto, donde se encuentran unas estructuras llamadas amígdalas por su aspecto de almendra. Sí, se llaman igual que las de la garganta aunque no tengan nada que ver con éstas, y son los centros emocionales por excelencia. Estas estructuras, que constituyen lo que en el pasado se conocía como cerebro reptiliano, reciben información de cuanto ocurre merced a sus conexiones con otras áreas del cerebro para, una vez procesada, provocar reacciones por medio de sus enlaces con el hipotálamo y el tronco del encéfalo, lugares imprescindibles en la generación de las respuestas propias de las emociones. También están conectadas con el sistema del refuerzo, que como su nombre indica es el responsable de que se potencien las conductas, así como con la corteza prefrontal, una especie de estado mayor que recibe y envía neuronas por doquier y que sin duda tiene que ver con la conciencia.

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Sí, parece increíble que unas estructuras tan pequeñas tengan tanto protagonismo, tanto poder. Para ello las amígdalas conducen por diferentes vías neuronales la información que reciben hasta provocar las respuestas adecuadas para hacer frente al estímulo que la generó. Si estas vías están determinadas por la Evolución, por los genes, decimos que el estímulo tiene un significado innato, mientras que consideramos que éste es aprendido si se han formado a partir de conexiones entre neuronas que antes no las tenían. El ejemplo más sencillo de aprendizaje emocional es el llamado condicionamiento clásico, aquel mostrado por Pavlov en un famoso experimento en el que un animal segregaba jugos gástricos al oír una campana si previamente se le había permitido asociar ese sonido con la comida.

Como a más información mejores respuestas, la Naturaleza ha primado el desarrollo de cuanto contribuye a proporcionar aquella, por lo que no es de extrañar que detrás de las amígdalas surgieran los hipocampos, unas formaciones con aspecto de caballito de mar que suministran nada menos que la capacidad de memorizar el espacio y el tiempo. Ellos, partes fundamentales del llamado cerebro antiguo de los mamíferos, contribuyen a que existan tantas cosas que evoquen un lugar determinado en un momento concreto, y lo hacen aprovechando la solidez de la memoria emocional, que es tan perdurable como para que en la senectud, cuando es fácil olvidarlo casi todo porque el pegamento que consolida los recuerdos comienza a deteriorarse, sigan estando presentes las situaciones emotivas de la infancia o juventud.

 ¿Se puede vivir sin emociones?

Formando parte sustancial de nuestra propia evolución todos nacemos con ellas, como no podía ser de otra manera, y además somos capaces de manifestarlas a modo de idioma universal. En realidad tanto Leonardo da Vinci, allá en el siglo XV, como Charles Darwin en el XIX, quien llegó a publicar un libro titulado Expresión de las emociones en los animales y el hombre, se dieron cuenta de que todos los miembros de una especie las manifestamos de igual modo, pero no fue hasta el siglo XX que la Ciencia demostró que tanto la forma de expresarlas como su interpretación son innatas. Lo primero comprobando que los habitantes de una tribu de Nueva Guinea, que nunca habían tenido trato con otros humanos, entendían perfectamente las expresiones faciales de los extranjeros, y lo segundo analizando las de los niños ciegos de nacimiento, quienes muestran alegría, sorpresa, tristeza, miedo, ira o asco con la cara igual que los demás.

Establecidas estas bases podemos preguntarnos si podríamos vivir sin ellas, dicho sea con independencia de que uno no cree que valiera la pena hacerlo. Se ha investigado sobre ello con ratas y se ha visto que los animales sólo sobreviven en el ambiente controlado de un laboratorio, ya que sus vidas se hacen completamente amorfas y plagadas de comportamientos absurdos que suelen acabar mal. A modo de ejemplos citaré el de una rata sin amígdalas que se acercaba hasta un gato como quien se acerca a una pared, o el de un lince que teniendo dañado el sistema emocional se había hecho tan manso que ni a gato llegaba.

Con respecto a los humanos, evidentemente, hay que remitirse a personas que han sufrido accidentes para poder comprobarlo, pero claro, un accidente que no sea mortal y que lesione ambas amígdalas es prácticamente imposible, puesto que cada una está centrada en un lado del cerebro, así que apenas tenemos el caso de una mujer que las tenía gravemente alteradas a causa de una enfermedad. Esta mujer conservaba aparentemente intactas sus habilidades intelectuales y era capaz de reconocer las caras, pero presentaba dificultades a la hora de identificar las expresiones faciales de emoción, y lo mismo le ocurría con las manifestadas mediante el tono de voz. Además su vida había perdido sentido y precisaba de ayuda para todo. En síntesis, que a pesar de cierta mala fama debida a los prejuicios no podemos sino bendecir nuestro sistema emocional.

La cara amable de las emociones

Entender en qué consisten las emociones aporta mucha luz sobre los secretos de la vida, comenzando por la importancia que tiene la atracción y acabando por la necesidad de que determinadas cosas provoquen repulsión o miedo. Utilizan la extraordinaria herramienta que supone el aprendizaje, basta ver la cantidad de asociaciones que se producen cotidianamente, desde el alimento que provoca aversión porque ha sentado mal hasta el olor que se identifica con una persona que nos gusta, y se completan con un sistema que potencia las conductas ventajosas, ese del refuerzo que está conectado con las amígdalas. Éste se basa en la estimulación de un grupo de neuronas ubicadas bajo la corteza frontal, los llamados núcleos accumbens, que provocan que los comportamientos asociados a dicha estimulación se refuercen, una forma de decir que es probable que se reproduzcan, tal y como se ha comprobado por medio de los condicionamientos instrumentales, aquellos en los que un animal ha de manipular algún instrumento para obtener lo que desea.

No hay duda de que no existen mejores reforzantes que el sexo o la comida, por lo que parece lógico que las relaciones sexuales fortalezcan la unión entre los miembros de una pareja, o que ninguna comida se recuerde con tanto agrado como las que hacía la propia madre cuando uno era niño. También es evidente que los comportamientos que evitan un dolor, un resultado placentero al fin y al cabo, son asimismo reforzantes. Más a favor de la pareja, puesto que quien afronta las dificultades con la ayuda de alguien consolida la relación que le une a esa persona. Claro, esto implica que la amistad, la verdadera se entiende, puede profundizarse a base de compartir cosas, y yendo aún más allá se adivina cuán unidos debieron sentirse tantos compañeros de fatigas a lo largo de la Historia de la Humanidad.

En definitiva está claro que sin emociones no habría sentimientos. Es más, pienso que éstos se construyen desde aquellas a partir del momento en que somos conscientes de lo que sentimos y le damos valor. ¿Quiere esto decir que los demás animales no pueden tenerlos? En absoluto, y lo digo desde el convencimiento de que mi perro los tiene. Posee un sistema emocional y una corteza cerebral similares a los nuestros, y se comporta interactuando conmigo y con el resto de la gente a la que quiere de una forma tan evidente que no puedo dudarlo. Lo que ocurre, o lo que creo que ocurre, es que como no posee una conciencia como la nuestra, entre otras cosas porque no habiendo descubierto el tiempo no parece tener sentido alguno de trascendencia, no les da ninguna importancia.

En cambio los humanos hasta somos capaces de elaborar sentimientos a partir de conceptos culturales, algo que no pueden hacer los perros. Por eso no tienen patria ni pertenecen a una sociedad deportiva con sus banderas y sus himnos, cosas estas por cierto que permiten que la gente se dé un buen baño de emociones muy simples.

La cara no tan amable de las emociones

Aunque en general no seamos conscientes de ello, cuando nos trazamos unas expectativas de vida o perseguimos un fin establecemos una especie de contrato con nuestro sistema emocional que dice que, si nos desviamos del camino que debemos seguir de cara a la consecución de aquellos objetivos, las emociones se ocuparán de martirizarnos para obligarnos a retomar la buena dirección. Este martirio se manifiesta de muchas maneras, aunque la más común y evidente se debe al estrés, una respuesta emocional que puede acabar provocando úlceras de estómago, insomnio u otras patologías, y que sólo cesará cuando resolvamos el conflicto que lo ha generado.

Comprender en qué consisten las emociones también sirve para explicar algunos comportamientos absurdos, como por ejemplo el de jugarse la vida conduciendo a gran velocidad o practicando deportes de riesgo. Dado que tales conductas inducen emociones intensas que suelen acabar bien, se priman facilitando que se repitan. Cierto es que quienes cometen ese tipo de locuras al menos aprenden algo, mientras que los que buscan sensaciones por medio de las drogas no obtienen ningún beneficio. Esto es así porque esas sustancias activan el sistema del refuerzo pervirtiéndolo, estableciendo una especie de círculo vicioso en el que lo que se refuerza es el propio acto de consumirlas. Por eso es tan frecuente que los toxicómanos, además de perder su salud, pierdan sus familias, sus relaciones sociales y su trabajo, porque impiden que se fomenten los verdaderos intereses de un ser humano. No es lo mismo darse gusto resolviendo un problema de matemáticas, o consiguiendo un resultado positivo en el trabajo, que esnifando cocaína, por poner otro ejemplo, y no lo es sobre todo porque con lo primero se avanza hacia un fin productivo, mientras que con lo último no se consigue nada. Al menos nada rentable.

Acabo recordando que la obesidad debida a una alimentación excesiva, que es la primera causa de la misma, también obedece a un comportamiento ligado a las emociones, tanto porque desarrollar un condicionamiento con algo tan importante como la comida es muy fácil, como porque la educación y el ambiente lo facilitan. ¿A quien no le han dicho cuando era pequeño que si se acababa todo el contenido del plato le darían esto o aquello? Y si hablamos del entorno en nuestro mundo opulento la invitación a comer es constante, con presentaciones atractivas fuertemente publicitadas, multitud de olores apetitosos asaltándonos desde las puertas y ventanas de los muchos bares y restaurantes que pueblan las calles, y anuncios de televisión atentos a nuestras costumbres ofreciéndonos ese bombón, taaaaan apetecible, justo cuando nos disponemos a relajarnos al final de la jornada.

En fin, si alguien me pidiera un consejo le diría que una de las claves de la felicidad consiste en disfrutar de las emociones sin dejarse gobernar por ellas. Suerte.

 

 

 

 

 

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